La vida me dió la oportunidad de ver a Chick Corea y Keith Jarrett. Increíblemente nunca hubiera supuesto verlos pero la vida tiene esos recovecos incomprensibles. Siempre pienso que si hubiera prestado más atención hubiera aprendido más. De ambos tengo el recuerdo de que sin proponermelo deje de escuchar y entré en un trance, mezclado con sopor, ensoñación, un silencio lleno de sonidos. Porque de golpe todo es música, todo es un sonido que machaca en el oído, sin una melodía pegajosa o repetida, sin una partitura escrita. Sonidos, eso. Recién leo que falleció Chick. Me parece increíble, de alguna manera. Es como que cierta gente no se muere. Queda ahí, en el último lugar que uno los vio. Hoy me acuerdo de Bs As, el Colón, el obelisco, un palco, unos zapatos que me apretaban, una conversación del Che tirada de los pelos con alguien que no conocía y los sonidos. Los sonidos constantes, las notas poblando el aire, gordas, desdibujadas, animadas, como cronopios, explicaría Cortázar, algunas hasta me sacaban la lengua riéndose burlonas por mi ignorancia. Canal 10 ponía mientras volvía la transmisión un vídeo de Chick Corea con una camisa amarilla hawaiana. Y era una constante. La muerte, la muerte siempre encuentra la forma de infiltrarse. No hay nada más deprimente que la película el Séptimo Sello de Bergman y sin embargo siempre la veo completa. A pesar mío, no la adelanto. La veo hasta el final. Como el concierto de Chick, pegada al asiento, en un palco cerrado, con la conciencia dormida y sin embargo nunca había estado tan despierta.
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