¿Recordás cuando todo quemaba?
Yo quería arrancarme la piel en un suspiro
y vos jugabas a ser otro cada martes,
jamás lamíamos la boca del destino;
no éramos erróneos,
éramos errantes.
Hasta acá nos trajo,
como resaca del río,
la marea o el mareo
entre ruidos, gemidos, jadeos
y esos llantos ahogados en la almohada.
No está tan mal esta nostalgia...
Si escribo con el ayer entre los dientes,
es que el pasado es una copa a media asta;
es lo que fue, lo que queda
y es el duelo;
y ya no temo que dar un sorbo
venga a llevase mi sed.
¿Recordás cuando todo quemaba?
Había algo seductor en el peligro
que nos sacaba a cualquier hora de la cama,
nos arrastraba por la noche entre adoquines
y florecía lo marchito en otro verso,
como si todo, hasta lo eterno,
fuese posible y fuese nuestro.
Por entonces no buscábamos excusas,
de dos en dos levantábamos el vaso
para brindar a nuestra suerte,
a la pobreza que rascaba las paredes,
a la ventura que negaba su regazo.
Seguíamos al galope, desbocados,
antes que los días naufraguen
en el silencio del rocío;
tan indómitos éramos frente a la derrota
antes que el tiempo comience
a pasarnos de largo
a trote de caracol.
Y ahora esta quietud de hilos enredados,
esta muertecita de ceniza húmeda,
este miedo a que el movimiento más fino
venga a romper
todo eso
que ya no existe.
Natalia Carrizo.