Cuando miró hacia arriba vio el cielo cargado con nubes a punto de reventar y pensó que el agua iría a descargarse de un momento a otro, por lo que apuró el paso para llegar lo antes posible a el bar, que estaba a dos cuadras y donde podría sentarse a tomar algo hasta que pasara la tormenta. También pensó que podría aprovechar para escribir algo. Tengo suficiente papel en la carpeta, se dijo mientras apretaba la birome dentro del bolsillo, no he escrito nada en todo el verano. Era verdad, ese verano había resultado sofocante y el calor no lo predisponía a la escritura, en cambio este fresco anticipando el otoño y esta amenaza de tormenta lo ponian en otro estado de ánimo. Siempre le resultaba excitante la lluvia. Cuando entró no había casi nadie, como de costumbre. Mesas chicas, música suave, dos o tres sillas ocupadas. Antes de cerrar la puerta echó una última mirada al cielo y un relámpago lo deslumbró. El trueno retumbó casi enseguida en la misma boca del estómago. Buscó la mesa más apartada y apenas sentado volvió esa molesta sensación de gratuidad, de estar en un lugar y no estar al mismo tiempo. La lluvia ya había empezado a descargarse contra los ventanales, una lluvia que daba la impresión de agotamiento, de algo que se iba juntó con el torrente de agua hacia las bocas de tormenta, como si todo el verano se fuera junto con el agua. Un verano, pensó. ¿Qué significaba un verano en la vida de alguien? ¿Un soplo, un jadeo, una ilusión óptica? Él no hubiese podido descomponerlo, rescatar pedazos de ese todo ardiente y luminoso, esa luz blanca y cegadora que aturdía. Buen tema para un cuento, se dijo, pero en ese momento lo distrajo la mano del mozo que repasaba la mesa con un trapo rejilla.
¿Cortado? Sí, por qué no. ¿Mediaslunas? Bueno, una medialuna. La mano con el trapo rejilla abandonó la mesa, la madera quedó lisa y blanca y sobre ella volvió a poner la carpeta e intentó retomar el tema del verano que se terminaba pero lo desvió otra idea, la de saber si lo lamentaba o no. Después de un momento llegó a la conclusión de que no lo sabía, simplemente por no haber siquiera un lugar desde el cual visualizar en verano, él no podía decir nunca éste es mi lugar, éste soy yo, todo era ocupar casillas que había que desocupar enseguida,'' lo que pasa es que vos no tenes el menor sentido de lo que significa fidelidad", le había dicho ella. Una vez en ese verano hablaron de eso y le había dicho que él tampoco podía adherirse por un tiempo demasiado largo a nada, que sentía como si lo reclamaran siempre de otro lado. "Es la famosa inseguridad" había dicho él. Le hizo observar que ya habían dado el salto fuera y él había tenido que concluir que tenía razón.
En el momento en que iba a abrir la carpeta apareció la mano del mozo trayendo el cortado y la medialuna, un vaso de agua y el ticket que colocó debajo del vaso, y mientras la mano acomodaba todo eso, levantó los ojos para mirar la lluvia y entonces fué cuando vio por primera vez la cara de la mujer que lo estaba mirando desde la mesa de enfrente, con los ojos hundidos y como afiebrados, seguramente fijos en él desde hacia rato. Se sintió incómodo, y mientras ponía azucar en el cortado la mirada de la mujer lo envolvía como una cuerda pegajosa, cosa que le parecía una estupidez, mientras se preguntaba porqué la gente lo miraba así a veces, no mirándolo solamente, sino como juzgándolo.
Abrió la carpeta y se puso a mirarunos apuntes apurados y desprolijos que había tomado en la Biblioteca de la Facultad y pensó que aunque siguieran un tiempo sin clases de todos modos tendría mucho para leer ese año. No entendía por qué no se solucionaba de una vez ese maldito conflicto docente, justo cuando él empezaba, y se fijó en unos nombres completamente desconocidos, Benveniste, Foucault, Bachelard. Prefiero un montón de libros por delante que un montón de días vacíos, se dijo y le gustó la frase y se imaginó escribiéndola en algún lado, en el cuento por ejemplo, ése sobre el verano, el verano bloque, el verano cosa. Pero la idea se le estaba escapando de nuevo porque se le cruzó otra. , le dio rabia no poder concentrarse en la idea del cuento, miró alrededor con molestia y entonces encontró otra vez la mirada de la mujer de la mesa de enfrente.
Estaba con alguien, un hombre y el mantenía la vista fija en los ventanales, en la lluvia que seguía cayendo contra los ventanales, y veía todo esto de refilón, o más bien lo intuía, tenía la seguridad de que ella no le sacaba los ojos de encima por sobre el hombro del otro. El cortado se le enfriaba. Lo tomó en dos tragos, cada vez más molesto porque él había buscado un rincón donde estar en paz y esta estúpida mina de ojos como enloquecidos lo embarullaba y ya ni tenía ganas de escribir. Tampoco podía irse, no era el caso de salir a la calle con esa lluvia.
Termino llamando al mozo, pidiendo otro cortado y empezó a hacer dibujitos tontos sobre el papel, peces que parecían flores, que parecían murciélagos y de pronto pudo escuchar clarito la voz de ella ." vos no te podes resistir a una mujer que te mira, ése es tu defecto". Acentuó con rabia una cola enroscada, un pétalo y se dijo que era verdad, que no podía resistirse a una mirada, aun de cualquiera y no porque fuera precisamente de mujer, pero para él una mujer era siempre un desafío o un misterio puesto allí para ser desairado y en el mismo momento en que se decía esto advirtió que todo estaba resultando asquerosamente cursi y que esa mañana, lo único que se le ocurrían eran cosas cursis. Dibujó unas orejas como tréboles, como orquídeas puntiagudas y pensó que después de todo no era tan cursi eso de que la gente era un misterio. Más que cursi era fascinante. Como esa mina por ejemplo, cómo sería, cómo se llamaría, quién era el tipo que estaba con ella. No podía decirse que fuera hermosa. En todo caso, más y menos que eso. Los ojos, sobre todo. Y la boca imponiéndose, una boca para esa cara y esos ojos, y además ese pelo oscuro y enorme desplegado alrededor.La mano del mozo puso un nuevo cortado y un nuevo ticket junto a la carpeta. Rompió el sobre, echó azúcar despacio y empezó a revolver también despacio, fijándose ahora descaradamente en la mujer. Entonces ella bajó la cabeza y se puso a rebuscar algo en el bolso mientras el tipo que estaba con ella le ofrecía cigarrillos. Ella encendió uno aparentemente sin darse cuenta de nada pero él estaba seguro de que ella sentía que él la estaba mirando, y de pronto tuvo la sensación de que había entrado allí nada más que para encontrarse con esa mujer y de que parecía estar metido en una película o actuando un guión que le hubieran dado de antemano, porque hasta la lluvia parecía artificial y puesta a propósito. Ella fumaba ahora con los párpados bajos, fumaba sin parar y como escuchando o haciendo que escuchaba, lo que el tipo que estaba de espaldas parecía decirle casi al oído, con la cabeza muy junto a la de ella. Estaba tenso, ya no hacía dibujos ni pensaba en la carpeta abierta junto al cortado y la medialuna, sino que clavaba con empecinamiento la punta de la birome en la yema del pulgar, los nudillos se le ponían blancos por el esfuerzo y llegó a hundir la punta en la yema hasta hacerse daño, si pudiera hacer que ella volviese a mirarlo. De repente el tipo se inclino, dijo algo al oído de ella, apartó la silla con brusquedad y salio sin darse vuelta. Lo siguió con la mirada. El tipo se detuvo un momento en el umbral, como frenado por la lluvia, y se fue.
Abrió la carpeta y se puso a mirarunos apuntes apurados y desprolijos que había tomado en la Biblioteca de la Facultad y pensó que aunque siguieran un tiempo sin clases de todos modos tendría mucho para leer ese año. No entendía por qué no se solucionaba de una vez ese maldito conflicto docente, justo cuando él empezaba, y se fijó en unos nombres completamente desconocidos, Benveniste, Foucault, Bachelard. Prefiero un montón de libros por delante que un montón de días vacíos, se dijo y le gustó la frase y se imaginó escribiéndola en algún lado, en el cuento por ejemplo, ése sobre el verano, el verano bloque, el verano cosa. Pero la idea se le estaba escapando de nuevo porque se le cruzó otra. , le dio rabia no poder concentrarse en la idea del cuento, miró alrededor con molestia y entonces encontró otra vez la mirada de la mujer de la mesa de enfrente.
Estaba con alguien, un hombre y el mantenía la vista fija en los ventanales, en la lluvia que seguía cayendo contra los ventanales, y veía todo esto de refilón, o más bien lo intuía, tenía la seguridad de que ella no le sacaba los ojos de encima por sobre el hombro del otro. El cortado se le enfriaba. Lo tomó en dos tragos, cada vez más molesto porque él había buscado un rincón donde estar en paz y esta estúpida mina de ojos como enloquecidos lo embarullaba y ya ni tenía ganas de escribir. Tampoco podía irse, no era el caso de salir a la calle con esa lluvia.
Termino llamando al mozo, pidiendo otro cortado y empezó a hacer dibujitos tontos sobre el papel, peces que parecían flores, que parecían murciélagos y de pronto pudo escuchar clarito la voz de ella ." vos no te podes resistir a una mujer que te mira, ése es tu defecto". Acentuó con rabia una cola enroscada, un pétalo y se dijo que era verdad, que no podía resistirse a una mirada, aun de cualquiera y no porque fuera precisamente de mujer, pero para él una mujer era siempre un desafío o un misterio puesto allí para ser desairado y en el mismo momento en que se decía esto advirtió que todo estaba resultando asquerosamente cursi y que esa mañana, lo único que se le ocurrían eran cosas cursis. Dibujó unas orejas como tréboles, como orquídeas puntiagudas y pensó que después de todo no era tan cursi eso de que la gente era un misterio. Más que cursi era fascinante. Como esa mina por ejemplo, cómo sería, cómo se llamaría, quién era el tipo que estaba con ella. No podía decirse que fuera hermosa. En todo caso, más y menos que eso. Los ojos, sobre todo. Y la boca imponiéndose, una boca para esa cara y esos ojos, y además ese pelo oscuro y enorme desplegado alrededor.La mano del mozo puso un nuevo cortado y un nuevo ticket junto a la carpeta. Rompió el sobre, echó azúcar despacio y empezó a revolver también despacio, fijándose ahora descaradamente en la mujer. Entonces ella bajó la cabeza y se puso a rebuscar algo en el bolso mientras el tipo que estaba con ella le ofrecía cigarrillos. Ella encendió uno aparentemente sin darse cuenta de nada pero él estaba seguro de que ella sentía que él la estaba mirando, y de pronto tuvo la sensación de que había entrado allí nada más que para encontrarse con esa mujer y de que parecía estar metido en una película o actuando un guión que le hubieran dado de antemano, porque hasta la lluvia parecía artificial y puesta a propósito. Ella fumaba ahora con los párpados bajos, fumaba sin parar y como escuchando o haciendo que escuchaba, lo que el tipo que estaba de espaldas parecía decirle casi al oído, con la cabeza muy junto a la de ella. Estaba tenso, ya no hacía dibujos ni pensaba en la carpeta abierta junto al cortado y la medialuna, sino que clavaba con empecinamiento la punta de la birome en la yema del pulgar, los nudillos se le ponían blancos por el esfuerzo y llegó a hundir la punta en la yema hasta hacerse daño, si pudiera hacer que ella volviese a mirarlo. De repente el tipo se inclino, dijo algo al oído de ella, apartó la silla con brusquedad y salio sin darse vuelta. Lo siguió con la mirada. El tipo se detuvo un momento en el umbral, como frenado por la lluvia, y se fue.
Cuando volvio a mirarla encontró su cara frente a la suya como abarcandolo todo, con una expresión anhelante, como pidiéndole ayuda y entonces algo se desbarato dentro de y ni él ni el lugar eran ya los mismos.
Quedaron así un largo rato, el cigarrillo de ella quemándole los dedos , la punta de la birome apretada contra la carne del pulgar. De golpe ella bajo la cabeza, metió rápidamente el paquete de cigarrillos en su bolso,aparto la silla con violencia y caminó hacia la puerta, sin volverse. Salió,
parecio vacilar un instante y después se fue corriendo bajo la lluvia.
Pudo seguirla hasta ver cómo cruzaba la calle, tratando de taparse la cabeza con el bolso.
Quedó pensativo, rondándole una fastidiosa pregunta, enseguida pensó que era un imbécil por no habérsele ocurrido seguirla, él en realidad estaba siempre al acecho, esperando poder pescar ese costado diferente, esos filoncitos de vía que parecían estar reservados precisamente para él. Eso le venía aburriendo en ella desde hacía un tiempo, y ella se daba cuenta.Ella parecia vivirlo todo con intensidad cuando escribía, cuando inventaba historias, pero inventaba porque en la realidad no encontraba nada interesante. Para él era en la misma realidad donde había que buscar, eraa cada momento cuando se presentaban las ficciones. Ahora, por ejemplo. Esta mina. Qué tema para haberlo atraído de ese modo. Nunca le había pasado así, sentir esa urgencia, ese empuje casi angustioso. Volvió a preguntarse por qué la habría dejado ir y volvió a clavarse la birome en la yema del pulgar y el pequeño y agudo doler se mezclaba confusamente con ese tironeo, con ese nerviosismo que le hormigueaba en todo el cuerpo. Qué locura, qué estúpida locura. Hace mucho que no me meto en una hermosa y estúpida locura, pensó, y de pronto, como una iluminación,supo que no podría quedarse un instante más sentado allí, frente a un cortado ya frío, un cortado idiota que para qué se le habría ocurrido pedir.Cerró la carpeta, miró el ticket, buscó la plata en el bolsillo, sacó la plata, pensó que no valía la pena esperar el vuelto, se levantó, guardó la lapicera y en dos zancadas estuvo en la calle.
parecio vacilar un instante y después se fue corriendo bajo la lluvia.
Pudo seguirla hasta ver cómo cruzaba la calle, tratando de taparse la cabeza con el bolso.
Quedó pensativo, rondándole una fastidiosa pregunta, enseguida pensó que era un imbécil por no habérsele ocurrido seguirla, él en realidad estaba siempre al acecho, esperando poder pescar ese costado diferente, esos filoncitos de vía que parecían estar reservados precisamente para él. Eso le venía aburriendo en ella desde hacía un tiempo, y ella se daba cuenta.Ella parecia vivirlo todo con intensidad cuando escribía, cuando inventaba historias, pero inventaba porque en la realidad no encontraba nada interesante. Para él era en la misma realidad donde había que buscar, eraa cada momento cuando se presentaban las ficciones. Ahora, por ejemplo. Esta mina. Qué tema para haberlo atraído de ese modo. Nunca le había pasado así, sentir esa urgencia, ese empuje casi angustioso. Volvió a preguntarse por qué la habría dejado ir y volvió a clavarse la birome en la yema del pulgar y el pequeño y agudo doler se mezclaba confusamente con ese tironeo, con ese nerviosismo que le hormigueaba en todo el cuerpo. Qué locura, qué estúpida locura. Hace mucho que no me meto en una hermosa y estúpida locura, pensó, y de pronto, como una iluminación,supo que no podría quedarse un instante más sentado allí, frente a un cortado ya frío, un cortado idiota que para qué se le habría ocurrido pedir.Cerró la carpeta, miró el ticket, buscó la plata en el bolsillo, sacó la plata, pensó que no valía la pena esperar el vuelto, se levantó, guardó la lapicera y en dos zancadas estuvo en la calle.

3 comentarios:
como un viejo buho, la cabeza gira sin que los ojos dejen de acechar...
Besos andinos
A veces pensamos que la soledad es la mejor compañía, casi siempre es una equivocación.
Las historias de bares son siempre así, rara vez tienen un final feliz, logran hacernos sentir peor que al comienzo... pero siempre estamos volviendo.
Rafa: gracias por visitarme!, me gusto la metafora y me gustan los ojos que no dejan de acechar.
Besos.
Bartender: No me gusta la soledad no llamada, pero tampoco me gusta la mala compañia. Ud. sabe de historias de bar y seguro conoce màs resultados que yo.Esta e`s puramente ficticia.
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