
Yo no te pido
que me bajes
diez papeles
grises para amar
Pablo Milanés
¿Cómo amarte un miércoles? Si la tenacidad del insomnio hizo estragos, miráme tengo ojeras, ciertas arrugas al costado de los ojos, el pulso algo tembloroso, los hombros contracturados. Comprendéme, mi corazón se encuentra embargado de realidades absurdas pero exigentes.
¿Qué más que ejercicios sexuales puedo darte un viernes? Si soy como un soldado en maniobras entre tropas extrajeras que tramitan órdenes absurdas en idiomas indescifrables. Un torpe, eso soy, cargando mochilas de preocupaciones y obligaciones. Si ya en el medio del viernes, cuando el sol atraviesa la línea de la medianera, voy contando las horas para realizar la rendición de la plaza sitiada lo más digna posible.
Martes es ese día donde ni recuerdo, no me doy cuenta, en realidad, si el limonero se comienza a iluminar con ese rayo de sol fugaz del invierno. Es el día de los reproches y exigencias vanas: la dieta, el cigarrillo, la visita, siempre postergada, al médico. La necesidad de arreglar los tornillos de los anteojos de ver de cerca. Poner en orden las deudas, sacar un seguro de vida, organizar encuentros familiares. El martes, te confieso en secreto, tiene algo de día de yeta, de presentimientos agoreros. Como si cada martes fuera, inevitablemente, martes trece. Así de simple y torpe por eso los martes no me caso, ni me embarco.
El domingo es otra cosa. El diario tiene otro sabor, como el mate que traés a la cama en esa vieja bandeja de caña que tenemos desde los primeros días de nuestro matrimonio. Tal vez porque nunca se rompe el termo ni se voltea el mate haciendo caer la yerba todavía que cebemos el primer mate. Quizás eso hace más linda tu risa, más profundos tus comentarios y, sobretodo, se abre en mí una enorme necesidad amorosa. Inexplicable, abrasadora, como un chico que se pasa a la cama de sus padres.
Un corazón abierto, eso es, mirá que cursi. El domingo puedo entregar eso que viene del fondo de los tiempos como el orgullo y la satisfacción de haber cortado bien los ravioles con la ruedita. Ese gusto que me daba que todos en la mesa familiar, éramos muchos te recuerdo, comieran los sabrosos ravioles bien cortados, bien rectangulares y llenitos porque no perdieron su relleno.
El domingo sí, como siempre desde hace tantos años, te puedo y quiero amarte. Quizás hay algo de injusto con tu amor parejito y sostenido de lunes a lunes. El mío de domingo de madrugada hasta el crepúsculo suena escaso, pero tiene el sabor de un barrilete remontado que, en las manos del eximio aviador, sortea el poco viento del cuadrante sur-este.sur para irse bien arriba, contra el sol y, allí, hace cabriolas, colea y da vueltas a merced de quien lo dirige. Por eso el domingo sí, no te olvides.
2 comentarios:
No sé si sería un día domingo o que día de la semana... en realidad no me importa. Cualquier día es bueno para el amor... ¿no te parece?.
Lo que sí sé es que a veces tengo miedo, sin importar el día, que ese iman que nos atrae se convierta en la venenosa flechita del enamoramiento. Para ese miedo no hay día... cualquier día le cae bien.-
Saludos mon ami.
¡Que texto por Dió! de donde lo hurto?
Cualquier día es bueno para el amor; cualquier hora también es cierto, prefiero las noches es cierto tambíen...
PD: No andes tan capa caída...todo puede ser mejor...:):)...mis mejores kisses muchos y el abrazo de oso más grande.
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