“Cuando dos astros se interponen
su luz se extingue aparentemente.
Pero en su breve convergencia
se advierte una nueva luminosidad: negra y ardiente”.
(Pedro Almodóvar en su película Matador)
Julio Cortázar no encontraba las palabras para el amor y los juegos sensuales, las inventaba con genialidad. Algo de esto sucede en Rayuela, escrito en glíglico, el idioma que inventaron los personajes de Horacio y la Maga:
"Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimalo quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas filulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgunio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplu-mas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolarnas de argutendídas gasas, en carínías casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias".
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