Me resultaba fácil imaginar que ella amaría ese desorden, pues padecía de cierta propensión a enamorarse de cosas tan enrevesadas como yo. Siempre estuve consiente de su miedo, miedo quizás, al fracaso, al hundimiento. Pero a mí me gustaba frágil, desmesurada en emociones, porque así me obligaba a ser menos descuidado. Muchísimas veces la encaré pidiéndole perdón por haberla confundido tanto en otras mujeres, y por haber buscado, tan desaforadamente en otras bocas, lo que en la suya encontré sin siquiera besarla.
-Génesis, T. Cazares.
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