Si, si. Claro que lo vi todo.
Cuando ellos llegaron, justo me estaban trayendo el cafè con leche y las medialunas.
El mesero los saludó con la cabeza mientras se inclinaba sobre mí con una actitud ceremonial que me resultó entre cómica y tierna. Agarraba los cosas de la bandeja y las apoyaba con cuidado, y a mi me daba la sensación de que él veía crucecitas en el mantel que le decían exactamente dónde apoyar cada una.
Ellos dos eran como siameses de mirada. Y yo, ahí a pocos metros, pude haber sido una jirafa y nunca lo habrían notado.
Fue a ella a quien vi hablar todo el tiempo. Con las manos en las piernas apretujando el mantel, habló sin pausas durante un rato. Yo no sè de que hablaría pero, de a poco, a él le fue cambiando la expresión. Todos los músculos de su cara parecían haberse puesto de acuerdo para ir mostrándome, de a finas capas, el camino hacia una tristeza importante, de esas de las que uno no sabe si va a volver.
Ella hablaba y algo viajaba desde su boca hacia él. Y yo, sin escuchar, veía cómo se le estrellaban las palabras en la cara y me hacìa pensar en King Kong cuando queda atrapado en la punta del edificio, y las balas de los aeroplanos se le meten por todos lados.
La angustia se sentía llegar en oleadas, y se esparcía como una masa densa.
Un viejo en una mesa alejada soltó un suspiro de búfalo. "Querido, traéme la cuenta, se bueno.", dijo, y las palabras sonaron como el ruido de un motor viejo.
En los televisores, la imagen estaba rara y las luces de todo el salón se entrecortaban.
A mi me empezó a doler la cabeza, y por alguna razón, el café con leche ya me sabía feo.
Ella seguía hablando y él escuchaba mientras se agarraba de la silla con tanta fuerza, que yo lograba ver cómo se le hinchaban las venas de la mano.
De golpe, ella se detuvo, dejó plata en la mesa y se fue dejándole una mirada compasiva ya desde la vereda. Y fue en ese momento que comenzó el caos.
El hombre, atornillado a su silla, empezó a temblar de una forma que no tardó en hacer temblar todo el bar. Las paredes comenzaron a agrietarse y los ventiladores de techo se aflojaban y se caían como se caen las frutas de los árboles hasta que finalmente todo voló por los aires.
Miren, yo logré salir porque estaba cerca de la puerta y luego ya no supe qué pasó ahí dentro. Pero si ustedes quieren publicar este testimonio, digan la verdad.
Yo estuve ahí. Yo lo vi todo.
Lo que escucharon los vecinos no fue la explosión de las garrafas de gas de la cocina, como se está diciendo en los medios.
Lo que se escuchó, en realidad, fue un corazón romperse
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